El café de las Islas Marquesas: un tesoro de la Polinesia que casi nadie conoce
Cuando pensamos en los grandes orígenes del café, nuestra mente viaja de forma casi automática a Etiopía, Colombia, Brasil o Tanzania. Raramente nos detenemos en un archipiélago remoto del Pacífico Sur, situado a 700 kilómetros al sur del Ecuador y a 1.800 al noroeste de Tahití, donde el café crece entre suelos volcánicos, cocoteros y una historia humana tan densa y apasionante como la de cualquier gran civilización.
Las Islas Marquesas son uno de esos lugares que el mundo conoce más por los artistas que las eligieron para morir que por lo que producen. Y sin embargo, su relación con el café merece una mirada propia: la de un cultivo centenario que nunca llegó a desarrollar todo su potencial, suspendido entre unas condiciones climáticas excepcionales y una realidad económica que siempre tiró en otra dirección.
En Vencafesa nos apasiona entender el café desde su raíz. Por eso, cuando hablamos de calidad en la taza, hablamos también de geografía, de suelos, de historia y de las decisiones humanas que determinan qué cafés llegan al mundo y cuáles se quedan en el camino.
Un archipiélago con historia propia
Las Islas Marquesas deben su nombre al explorador español Álvaro de Mendaña, que las descubrió en 1595 bautizándolas en honor al virrey de Perú. Se dividen en dos grupos: el del norte, donde se encuentra Nuku Hiva —la isla más grande del archipiélago— junto con Ua Pou y Hua Huka; y el del sur, cuya isla principal es Hiva Oa. Las seis islas habitadas suman una población total de alrededor de 10.000 habitantes, repartidos en apenas 1.274 kilómetros cuadrados de origen volcánico.
Su geografía es imponente y extrema: cimas y altiplanos a más de 1.100 metros de altitud, acantilados que caen directamente al mar, valles estrechos y profundos repletos de vegetación. Un ecosistema marcado, sobre todo, por la enorme distancia a cualquier masa continental, lo que ha dotado a estas islas de una cultura singular y difícil de comparar con ninguna otra.
Fueron tierras que atrajeron a algunos de los espíritus más inquietos de la historia cultural de Occidente. El pintor Paul Gauguin y el cantautor belga Jacques Brel pasaron aquí los últimos años de sus vidas y descansan enterrados en el cementerio de Atuona, en Hiva Oa. Herman Melville, Robert Louis Stevenson, Jack London y el investigador Thor Heyerdahl también dejaron testimonio escrito de la profunda impresión que les causaron estas islas.
Una tradición cafetera centenaria, pero frágil
El café llegó a la Polinesia Francesa desde la isla Reunión, en el Índico, y lleva cultivándose en este territorio de ultramar —más conocido popularmente como Tahití y sus islas— durante más de un siglo. Sin embargo, su historia ha estado marcada por la fragilidad desde el principio.
Hace algo más de 30 años, en la isla de Ua Pou, perteneciente al archipiélago de las Marquesas, crecían las variedades arábica y caturra. Un ataque de roya acabó con casi toda la producción, y aunque todavía sobreviven algunos cafetos dispersos, el cultivo nunca se recuperó del todo. Hoy, los cafetos crecen principalmente en estado silvestre y la cosecha se realiza de forma muy esporádica, concentrada en las laderas de la costa norte, en Puamau, y destinada básicamente al consumo propio.
Las Australes: donde el potencial cafetalero es real
El verdadero núcleo productivo de la Polinesia Francesa no está en las Marquesas sino en el archipiélago de las islas Australes, donde las condiciones climáticas ofrecen un entorno verdaderamente excepcional para el cultivo del café: una pluviometría de 1.990 mm anuales, una insolación de 2.350 horas, una humedad media superior al 80%, una temperatura media de 23,5°C y suelos de origen volcánico.
La isla con mayor potencial productivo es Rururutu, con casi sesenta fincas —ninguna superior a las dos hectáreas— que producen en total unas cuatro toneladas durante la cosecha de junio y julio. Le sigue Rimatara, con plantaciones más extensas —entre cinco y seis hectáreas—, densidades de 3.300 cafetos por hectárea de la variedad red caturra cultivados a la sombra de cocoteros, y Rapa, con una producción de 2,5 toneladas obtenidas en 15 fincas.
En épocas de máxima producción, el café de la Polinesia era considerado un café de calidad superior: de color verde homogéneo, con cuerpo, ligera acidez y un toque amargo herbáceo con un largo final de boca. Nunca alcanzó, sin embargo, la fama del café cultivado en Nueva Caledonia o en la isla Reunión, los otros dos territorios franceses del Pacífico y el Índico que sí lograron proyección internacional.
Por qué un café tan bueno sigue siendo tan desconocido
La respuesta es tan sencilla como reveladora: la mano de obra en la Polinesia Francesa es cara, lo que encarece enormemente la recolección y la restringe casi exclusivamente al ámbito familiar. A esto se suma que los habitantes de estas islas encuentran en el turismo —uno de los más rentables y consolidados del Pacífico— una fuente de ingresos muy superior a la que ofrece la producción cafetera, por excelentes que sean sus condiciones naturales.
El resultado es un café que existe, que tiene carácter y que crece en un entorno privilegiado, pero que el mundo no conoce. Un café que podría haber sido grande y que, por razones humanas y económicas perfectamente comprensibles, ha quedado reservado para quienes tienen la fortuna de visitarlo.
Esta historia no es una rareza del Pacífico. Es un recordatorio de que detrás de cada taza hay decisiones, geografías, economías y culturas que determinan qué sabores llegan hasta nosotros y cuáles se pierden en el camino. En Vencafesa nos tomamos muy en serio esa cadena: porque ofrecer un buen café implica entender todo lo que hay antes de que los granos lleguen a la máquina.
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