Los cafés de El Cairo: literatura, historia y el aroma de cinco mil establecimientos
Hay ciudades que se entienden mejor desde sus cafés que desde sus museos. El Cairo es una de ellas. La mayor ciudad islámica del planeta, con toda la densidad histórica y humana que eso implica, ha construido buena parte de su vida intelectual, política y social alrededor de estos espacios. No como decorado, sino como escenario real donde se han tomado decisiones, escrito novelas, forjado amistades y debatido ideas durante siglos.
Para quienes nos dedicamos al mundo del café, El Cairo representa algo fascinante: una cultura cafetera urbana con más de cuatro siglos de historia documentada, donde la taza no es un producto de consumo sino un vehículo de encuentro. Una lección de lo que el café puede ser cuando se le da el espacio y el tiempo que merece.
Cuatrocientos años de historia en cada taza
Fueron los turcos quienes introdujeron el café en Egipto durante el siglo XVI, y su implantación fue rápida a pesar de las reticencias iniciales de algunas autoridades religiosas. Los números que siguieron cuentan la historia mejor que cualquier argumento: en 1650 existían ya 650 establecimientos de este tipo en la ciudad. Un siglo más tarde, la cifra se había duplicado hasta los 1.300. Hoy El Cairo cuenta con aproximadamente 5.000 cafés, repartidos entre grandes hoteles de lujo y locales a pie de calle en los barrios más populares.
Cinco mil cafés en una sola ciudad. Es una cifra que invita a la reflexión sobre el papel que esta bebida ocupa en la vida cotidiana de culturas que la adoptaron antes que nosotros y que la han integrado de una manera que va mucho más allá del consumo individual.
El Fishawy y Naguib Mahfuz: cuando el café se convierte en literatura
El más antiguo y célebre de todos estos establecimientos es el café El Fishawy, situado en el barrio de Khan el Khalili, en pleno corazón del Cairo Islámico. Lleva abierto de forma ininterrumpida durante siglos y ha sido testigo de las veladas de intelectuales de la talla de Taha Hussein o Tawfiq El Haquim. Pero su figura más emblemática es, sin duda, la del escritor Naguib Mahfuz, Premio Nobel de Literatura en 1988.
Mahfuz y su círculo de amigos pasaban tanto tiempo en los cafés de El Cairo que se ganaron el apodo de el harafish, que en árabe significa algo así como «los que no tienen casa». No era un insulto: era un reconocimiento de que para ellos el café era, en muchos sentidos, su verdadero hogar intelectual. Las experiencias vividas en estos locales, las historias de sus habituales, los encuentros y las conversaciones que allí se producían alimentaron directamente su obra literaria. Varios cafés de El Cairo aparecen mencionados en sus novelas y cuentos, entre ellos el café Ahmed Abdallah, en Khan el Khalili, que cita expresamente en su célebre trilogía Entre dos palacios, La Azucarera y El palacio del deseo.
Otros establecimientos forman parte también del mapa literario y sentimental del escritor: el café Rish, en el centro de la ciudad; el Al de Jan Gaafar, cerca de la plaza Beit El Kadi, al que acudía con su madre de niño; o el café Orabi, en la plaza de Al Abbasiya, lugar de encuentro habitual con sus amigos.
Una ciudad que late entre pirámides y cafés
El Cairo es mucho más que sus cafés, claro. Es también el Bazar de Khan el Khalili, la Ciudadela de Saladino, las mezquitas de El-Hakim, Hasán y Mohamed Alí, el paseo en barcaza por el Nilo y, por supuesto, las tres pirámides de Gizah, cuya presencia frente al viajero produce una de esas experiencias que resultan difíciles de describir con palabras. Desde la Antigüedad fueron consideradas una de las siete maravillas del mundo, y en eso el tiempo no ha cambiado nada.
El Museo de Arte Egipcio alberga, entre miles de piezas, el tesoro de Tutankamón y su máscara funeraria de oro macizo: un objeto de una belleza tan precisa y tan cargada de significado que resulta capaz de detener al visitante más apresurado. Vida y muerte, pasado faraónico y presente islámico, desierto y río: El Cairo es una ciudad de contrastes tan absolutos que solo se entiende viviéndola.
Y en medio de todo eso, siempre un café. Siempre alguien sentado frente a una taza, conversando, leyendo, pensando. Como lleva ocurriendo en esta ciudad desde hace cuatrocientos años.
Desde Vencafesa, esta historia nos recuerda algo en lo que creemos profundamente: el café bien servido crea comunidad. Lo hace en los barrios del Cairo Islámico, y lo hace también en las oficinas, los centros logísticos y los espacios de trabajo que servimos cada día en Cataluña. El escenario cambia; la función del café, no.
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